Texto de la presentación del libro Arquitectura interior en la Plaza de Poe

Juliana, la persona que ha terminado dando forma al libro y que nos ha regalado dos preciosas ilustraciones, me dijo un día, cuando hablábamos sobre la imagen de la portada, que un accidente aéreo, la imagen de un avión destrozado tenía “mal feng-shui”, que no le vendría bien al libro. Espero que no tenga razón. Ella es más mística que yo, y posiblemente conecta con fuerzas que a mí la naturaleza me ha vedado. Yo simplemente soy un pesimista, un pesimista empedernido que hace años se quebró. Bastaron unas semanas de desgarro personal, de descenso a los infiernos, para desmoronarme como un castillo de naipes. Más tarde tuve que aprender a atravesar un desierto en el que la arena era la misma nada. Después aprendí a sobreponerme al desastre diario que supone vivir para mi, a reorganizar ese interior que se desmorona desde el mismo momento que empieza el día, a aumentar la entropía antes de que llegue a cero y el deseo le dé paso al desánimo, aprendí a vivir aguantando unas ganas enormes de llorar en cualquier momento del día, a sentir la piel de gallina si alguien me dice que me quiere.

De esto habla el libro; quizá para decirlo con algo más de precisión, este libro es el resultado del rescate que la poesía me brinda para no desaparecer, confundido entre los minutos como un proceso temporal que no conduce a ningún sitio. Y así os digo en alguno de los textos, que no hablo de mí, hablo de utilizar un espacio interior de otra manera, de volverlo a pensar, de encontrar la forma de hacerlo habitable después de que quede arrasado cada día. No hablo de mí, hablo desde mí, desde dentro de una habitación vacía donde las palabras tienen eco. No hablo de mí, hablo del espacio que contiene un vacío, aire, luz, distancia, hablo de la luz que emite cada cosa, de la distancia que hay entre una piel y otra piel.

No hablo de mí, quería hablar de ti y ver si mis palabras te acertaban, conseguían moverte, conmoverte, emocionarte, conmocionarte, comprobar si tú también estabas remodelando ese vacío que deja vivir, cada tarde.

No hablo de mí, no solo de mí, no solo; hablo de todo lo que me parece que es importante, lo que es sustancial, lo absolutamente estructural, aquello en lo que podría basarme para construir una vida menos efímera, por eso hablo de sexo, por eso del miedo, por eso de ti. No hablo de mí, me hablo a mí para poder escucharme vivo.

La vida son palabras, y yo solo puedo vivir cuando las pienso y las escribo; el silencio es simplemente la construcción del próximo verso.

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