Una vanidad innecesaria, injustificada

Amazon me envía un anuncio en el que me recomienda comprar mi propio libro.  El anuncio reza: “En base a tu actividad reciente, hemos pensado que esto podría interesarte.”Tratado sobre la distancia, la luz y otros conceptos de… de Francisco Molinero Anchustegui ¡Joder, que campeones! el algoritmo que nos vigila ha entendido que me puede interesar mi propia obra. Lo he comprado, ¡que coño! si lo dice la máquina será verdad y es posible que me interese la poesía de ese otro yo que vive entre los bites de Amazon; espero con ansia el momento de abrir el libro y leerlo. ¿Me gustará? ¿Podrá estar orgulloso el programador del algoritmo de recomendaciones con su obra?

Recientemente me encontré con un viejo conocido que me preguntaba por el último libro: ¡Creo que has escrito un libro! me dijo y la verdad, respondí como un resorte: ¡NO!, he escrito cuatro y me di cuenta de que estaba dolido, sin motivo, pero lo estaba y había descargado esa rabia de incomprendido, de escritor no leído, en quien intentaba ser amable e interesarse. Luego la conversación fue girando entre unas cosas y otras y con el ánimo de ayudar me propuso ponerme en contacto con un librero que quizá podría venderlo, poner su librería a mi disposición para hacer una pequeña presentación… El pecado requiere de ciertas condiciones y el de la vanidad solo necesita el deseo de ser protagonista y que alguien te adule. Recordé la invitación a ayudarme en un posible presentación que me hizo Claudia Faci y mi cabeza, como si se tratase de un Ícaro moderno voló más alto de lo que debía.

La invitación fue más un disparo con pólvora del rey que una realidad, pero para cuando me di cuenta ya había contactado con Claudia y había empezado a generar las imágenes primeras del acto. Luego la decepción y la vergüenza de tener que recular, desandar las peticiones, empezar a pensar qué hacer con los ejemplares que había comprado; entonces me llegó el correo de Claudia: “igual te viene mucho mejor no hacerlo” y al recibir el disparó me di cuenta del derroche de vanidad que había tenido. Si apenas unas decenas de personas han comprado alguno de mis libros ¿qué resorte injustificado me permitió pensar que sería interesante para alguien una presentación del último?

Horas antes de irme a Nueva York unos días, revivo el deseo de irme un par de años a los EE.UU. para terminar la novela que me ronda en la cabeza, juntar las piezas que ya tengo escritas, urdir el caleidoscopio que he imaginado y quitarme la espina, esta vez sí, sin vanidades injustificadas.

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