Ciudad sitiada

Me ha parecido que las cosas ya estaban tranquilas. Hace varios días que no se oyen disparos y algunos vecinos han conseguido salir a la calle y volver. Volver es el reto, volver indemne, aunque el miedo se haya agarrado a los huesos y duela durante días. Los valientes o los desesperados se aventuran entre las callejuelas, se cruzan con otros asustados y no se dicen nada, si él ha venido por aquella calle, piensan, es que no hay francotiradores. Un paso, otro, así hasta llegar a un improbable éxito, a una dirección donde antes del estallido vendían medicinas. El niño ya no aguanta más, la diabetes le consume y la insulina es oro, por eso el miedo, las carreras, el estómago encogido hasta llegar a la destruida farmacia, golpear suavemente la puerta y desear que le abran, que le atiendan, que aun queden medicinas.

Mi madre murió hace meses, pero aun no hemos podido llorarle. No hay lágrimas, ni tiempo y como defensa, aunque de manera involuntaria, desde el día, desde la mañana que murió, todos hemos dejado de hablar de ella. Yo el primero, pero me asalta su imagen, los últimos días, verla respirar, la vida era solo respirar, como si hubiese un número de veces que hubiera que exhalar, una cuenta indefectible con la que hay que cumplir, un designio, una tarea, la obligación de la vida llevada hasta el recuento final. Cuando estoy sola la recuerdo esperándome, deseando mi contacto y mi aprobación y aunque me suben lágrimas desde el estómago a los ojos aun no la puedo llorar. ¿Cuánto tiempo tardamos en enterrar a quienes queremos?

Me ha parecido que las cosas ya estaban tranquilas, apenas se oyen a lo lejos los morteros que nos machacan desde el otro lado del río, por eso me he decidido a llegar hasta el parque, pasar la plaza entre cascotes, la calle donde murió el veterinario y alcanzar los parterres o lo que de ellos han dejado la metralla y la pólvora. Tenía necesidad de escribir y desde hace meses no lo sé hacer si no es al aire libre. Aquí rodeada de todos nuestros “amigos”, empeñados en querernos a base de bombas, tenía que escribir en un papel que la vida siempre pende de un hilo y cada uno debería poder decidir cuando corta el cordón que le une al resto.

Mi madre murió hace meses y hasta este momento no he podido hablar de ella. ¡Hay tanto dolor en la ausencia!


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