Perplejidad

Veo con desánimo el estado de perplejidad que cunde entre mis amigos de ICV por el maltrato sufrido por sus representantes esta mañana al intentar acceder al Parlament de Catalunya. Entiendo en parte su incomprensión, al ser muchos de ellos militantes de izquierdas que han dado y dan lo mejor de sus vidas por los demás, en una lucha que es desigual, comprometidos con valores de cambio y de igualdad, y ahora se ven escupidos y zarandeados. Hasta aquí nada que objetar. Luego leo sus reflexiones sobre la violencia y me doy cuenta hasta que punto la institucionalización les ha privado de la capacidad de autocrítica. Su deseo de cambiar la sociedad por a través de la conquista del poder formal en las instituciones, les impide ver lo que muchos ciudadanos sienten, que esas instituciones no están para cambiar las cosas, sino más bien para perpetuarlas, y aunque este pensamiento es muy simplista y en parte equivocado, en la actualidad ejerce una poderosa fuerza de atracción para muchos jóvenes.

Su perplejidad se resume en la creencia de que mantener postulados iguales, parecidos o en parte coincidentes con los movimientos sociales en marcha, les garantizaba una cierta inmunidad. No comprenden hasta que punto la crítica que hoy en día se hace, engloba al conjunto total de los partidos, a las instituciones y a la democracia en sí misma tal y como se expresa hoy en día. Ya sabemos quienes hemos sido parte de alguna de esas instituciones que no todos son iguales, pero a los ojos de muchos indignados se parecen tanto que no es posible distinguirlos en medio de la revuelta. En mi opinión no se lo merecen. NO se merecen ni los golpes, ni los insultos ni la perplejidad y me gustaría que fueran capaces de pensar qué es lo que les separa de la gran mayoría de los ciudadanos, que pudieran hacer el ejercicio de revisar qué partes de la lucha que han llevado a cabo, no solo no ha sido beneficiosa para aquellos a los que se dirige, sino que ha contribuido a aumentar la brecha entre los que más tienen y los que menos.

La violencia se ejerce de muchas maneras y los poderosos se permiten el lujo de no tener que rebajarse a su expresión más arcaica, más animal. Pagan por ello, organizan las instituciones para no tener que remangarse en la pelea, y a veces se parapetan tras las que controlan bajo el velo de la legalidad. Es muy violento que te golpeen cuando quieres entrar a votar en contra de una ley injusta, pero cabe pensar si quien lo hace no expresa la rabia de verse violentado cada día por el poder, el mismo en el que colabora como opositor ese diputado.

NO es esta la manera en la que soñamos la insurgencia, la revolución, pero puede que no sean posibles muchos más caminos. Espero la reflexión del los ciudadanos para conseguir mantener el nivel pacífico del movimiento y de mis antiguos compañeros de fatigas de ICV, la misma capacidad de análisis para conectar con quienes no deberían estar desconectados. Bajar a las plazas y compartir las reflexiones, quizá eso sea un buen comienzo.

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