Con los pies en el suelo

La vida con demasiada frecuencia se convierte en una melopea, algún moderno lo trataría de mantra, pero realmente se me antoja más canturía que pensamiento. Cincuenta y un años después no soy optimista con el pasado, claro que eso no es nuevo, es también de alguna manera un signo más de la repetición, lo que posiblemente es más estructural en mí. En este bucle en el que ruedo, Irina me ha enviado un buen vodka, caviar y una caja de “confieti”, en casa se han decantado por una preciosa colección de cervezas del mundo y media docena de amigos, la mayoría de los cuales hace más de 30 años que no veo, me han felicitado gracias a la ayuda de Facebook. Está bien y es agradable y me gusta y lo disfruto, me falta saber cual será mi regalo, el que yo me debería hacer y que desconozco. Mientras, me centro en la cadencia, en el ritmo de los minutos por si fuera capaz de adivinar un cambio, una nota nueva, incluso un silencio delator. No pierdo la esperanza, claro, con los pies en el suelo.

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