Huir hacia delante

Ricardo Costa, el icono actual del pijo ido a más, se ha pirado de vacaciones a toda prisa para evitar que le dimitan a las cinco de la tarde, hora torera donde las haya.

Ricardo Costa parece ser un jeta a tenor de lo que se lee de él y de sus amistades en el sumario Gürtell, o un conseguidor de dineros frescos y negros para su partido, un humilde prusiano de la política como tantos a los que he tenido el gusto y casi siempre el disgusto de conocer. Sin embargo Ric no está encausado en ningún proceso judicial, lo que da que pensar, una vez más y ya son demasiadas, que algo huele a podrido en la Dinamarca judicial española, parte de la cual, la heredera dinástica de los jueces del franquismo, ayer hizo huelga para mejorar la justicia y pedir aumento de sueldo, que lo cortés no quita lo valiente.

Es posible que  la huida lo sea en un coche de lujo disparado con pólvora del rey, peluco metálico asido a la muñeca y vidriosos los ojos. Quizá solo, o quizá como Telma y Louise con su mejor amigo al lado, Lacoste sobre los hombros, hasta llegar al precipicio.

No pinta tan peliculero. Más bien parece una estrategia para evitar lo inevitable, salvo que podría hacer como esos maridos hartos, de los que yo oía hablar en mi infancia, que bajaban un día a por tabaco y nunca más se sabía de ellos, aunque se sospechaba de su nueva vida en algún país del cono sur.

¿Se imaginan?

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