Bilbao

Bilbao es una ciudad amable. Al menos la zona que recoge la hoz de la ria. Mezclada de viejo y nuevo, sorprende que apenas tenga pintadas y tiene un cierto aire de tranquilidad. Luego está el estilo “señorial” de los bilbainos con esa pose de pisar un palmo por encima del suelo. Esta semana me ha tocado visitar no sólo la ciudad sino los pueblos de alrededor y vivir esa mezcla agobiante de industria y casas que hacen de Derio, Zamudio, Mungia, poblaciones perdidas para la belleza.

Las siete calles mantienen la pulsión de una buena comida y de un trato esquisito por parte de camareros o restauradores, como se quiera llamar. Me traigo sobre todo una ventresca de bonito sobre cebolla templada, recubierta con pimientos de cristal y salsa de manzana.

Entré en el Guggenheim y me llevé la sorpresa de encontarme un museo vacío, con no más de quince o veinte personas, así que pude pasear tranquilamente por las esculturas de Serra y disfrutar de la presencia del acero rotundo y de sus naranjas imponentes.  Como postre una exposición sobre retratos, luego caminar por la ciudad y perderse, que fue lo que hice, de manera literal. Perderse es una tentación.

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