Pasaporte II

Ya tengo nuevo pasaporte. No ha sido fácil, pero tampoco tan difícil como pintaba.

Esta mañana me he acercado a la comisaría de la policía de Alcobendas lo antes que he podido, eso sí, después de llamar a la policía local para denunciar que una cuadrilla de instaladores estaban dando voces, taladrando y cortando hierros a las 6:30 de la mañana junto a mi casa. Esta historia es distinta y merece la pena ser contada en otro artículo.

He llegado a las 8 de la mañana a la comisaría y me he encontrado con una larga cola de ciudadanos y ciudadanas, madrileños y madrileñas que diría el Lehendakari que empezaba a rodear el edificio. Era evidente que muchos habían madrugado más y también era evidente que el cabreo era la nota dominante. A la altura de mi posición había, como no, algunos profesionales del asunto que sabían más que el resto. No era su primera vez. Los rumores corrían: “sólo hay 25 números para DNI y 40 para pasaportes”, “en la comisaría de la Luna, la calle, no selene, te lo dan en el acto. Hacía fresco y los minutos caían con parsimonia. “Esto parece el tercer mundo”, No, apostillo, en el tercer mundo con dinero lo habríamos solucionado; el corrillo asiente.

A las nueve de la mañana la cola se moviliza, empieza el reparto y a mi me recuerda las partidas de trabajadores en la plaza y el capataz diciendo quien trabaja y quien no. Pasa un primer grupo y tarda en salir, entra un segundo grupo, al poco sale un policía y advierte que ya no quedan números para el DNI. Mitad cabreados, mitad decepcionados y mi posición de demandante de pasaporte gana posiciones con más rapidez que Alonso en sus buenos momentos. El policía cuenta el nuevo grupo y entro penúltimo en el recuento. Dentro una sala semivacía con puestos para cinco funcionarios donde trabajan tres mujeres. Hay una pequeña mesa con un informador, un último escollo antes del número. ¿Quiere el pasaporte de un menor y no tiene una partida de nacimiento literal? al ciudadano la palabra literal le rebota en la cabeza. Y si no es literal, ¿cómo es la mía? EL SIGUIENTE. El siguiente soy yo, he aprovechado mi tiempo como un delta force y he comprobado que el enemigo a pesar de parecer organizado no lo está. Durante la espera me he pertrechado de todos los documentos y requisitos necesarios, porto mi foto actualizada sobre fondo blanco o uniforme, sin gafas u otros obstáculos que impidan mi identificación; mi DNI está en vigor, tengo mi antiguo pasaporte con todos los sellos de los países recorridos y más de 17,20 € que necesitaré para pagar las tasas.

Con un movimiento felino me planto delante del informador y con tono resuelto le digo que voy a “renovar mi pasaporte”, blandiendo en mi derecha los documentos como un tesoro.

¿quiere hora para la mañana o la tarde?

Lo antes posible, por favor, ahora mismo si pudiera.

El funcionario baraja los pequeños papelillos que indican el número y la hora de cita y me da uno en el que pone 12, a las 11:50 horas.

Puede ir a tomar un café y luego vuelve. La invitación parece amable pero es tramposa, la rechazo con la misma amabilidad engañosa y le digo que prefiero quedarme esperando en el hall, con paciencia española, mi turno.

Como quiera. EL SIGUIENTE.

Dos funcionarios hacen los DNI y una al fondo los pasaportes, en su mesa una pareja está sentada y cuando empieza a terminar con ellos llama a Eugenio López. Eugenio es un calvo que está allí, nervioso con dos chiquillas y un niño de unos 9 años con pinta de malo. Es evidente que ellos son los afortunados poseedores de la cita telefónica y por eso figuran con sus propios nombres y no como yo con el único salvoconducto de mi número y mi hora, aun lejana.

El matrimonio termina y cuando la funcionaria empieza con Eugenio ocurren dos hechos que facilitan mi escaramuza: El niño en un descuido se escapa y sube por unas escaleras de la comisaría mientras la mujer le comunica que uno de los documentos que aporta no posee un cuño sin el cual todo lo que dice esta en entredicho. Eugenio se enfada y pide hablar con alguien de más rango, de pronto busca al niño, no está.

¿Dónde está? pregunta a las dos niñas que no contestan pero niegan con la cabeza. ¡Perdone! le espeto, el niño ha subido por esas escaleras. Gracias, me contesta, y sale disparado en su busca. El momento es de oro, la funcionaria de pronto pregunta: ¿Hay alguien para el pasaporte? El triunfo es aprovechar la oportunidad, me digo y antes de terminar de decírmelo para mi mismo, digo en alto: YO, pues venga, empecemos.

Diez minutos más tarde, exactamente a las 9:45 horas de la mañana, tengo mi nuevo pasaporte en mi poder y la sensación de que de algo me tenía que haber servido la lectura del Lazarillo y otros título de la picaresca española.

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