Una decisión errónea

Al final del otoño las cosas habían cambiado a peor. La costumbre de discutir por casi todo, los enfados frecuentes y algunas casualidades venidas en mal momento habían consagrado a Mere a una soledad que solamente rebajaban los compañeros de la oficina de atención al público que el ayuntamiento había decidido abrir después de la última avalancha de emigrantes que procedentes de las islas habían llegado en medio de la más absoluta falta de medios y de previsiones. El trabajo al menos le mantenía despierta y en contacto con otras personas y hacía que las horas pasaran sin convertirse en una losa que por instantes pudiera desplomarse sobre ella y aplastarla sin más, en medio de aquel barullo de seres que mentían por precaución. Debió ser uno de aquellos días cuando decidió tomar unas vacaciones y visitar a su amiga Olga en Teruel y así probar a ver si era capaz de vivir en una ciudad pequeña, alejada del ojo de la tormenta; luego cuando se desató el torbellino rebuscaría en su memoria porqué se fue de Valencia como si saliera a comprar el pan y que rosario de accidentes y de decisiones erróneas la habían convertido en una mujer sin nada, es decir, sin nada de nada. Seguramente fue el 10 de noviembre.

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