Como por arte de magia (IV y final)

No, creo que no nos conocemos. Mi nombre es Román, encantado.

¿Por casualidad?

¿Cómo?

Digo que si está por casualidad aquí o es un interés especial.

¡Oh! Ni lo uni ni lo otro exactamente, me interesa, pero estoy aquí por invitación de un amigo; creo que de un amigo común.

¿Quién?

Román sopesó la respuesta. Estaba claro que Alexei conocía la exposición y que se encontraba a miles de kilómetros de distancia, teniendo en cuenta que hoy era el día de la inauguración, Nacho y Alexei debían tener algún vínculo. Por otro lado la cita, la primera llamada anónima y la última algo oscura de Luvtxenko no presagiaban una relación en la que se pudiera confiar sin más.

Ardiel -respondió- Ardiel Mostar.

No me suena, lo siento.

Bueno, es un excéntrico y le gusta jugar a las escondidas con su nombre, es posible que usted le conozca por otro.

Es posible. Y ¿él no ha venido?

No, me envía a intentar descifrar un misterio que debería estar encerrado en sus obras.

¿En todas?

No lo sé, en todas, en alguna, en su obra como conjunto. La verdad es que llevo ya un buen rato y no consigo entender el propósito, la intención.

Eso es fácil de entender, Román, no se puede entender lo que no existe.

¿La intención?

Eso es.

Me quedo perplejo, quiero decir que sé que mi amigo me ha citado para que descubra algo y no me queda más remedio que eso que debo descubrir está aquí, entre los objetos expuestos.

Es posible pero quizá no obedezca a los deseos de quien los hizo, es decir a los mios.

¿Entonces?

Imagínese más bien en hacer por hacer, hacer algo que no sabes exactamente que es precisamente por eso, hacer demasiado, más allá de la razón de las cosas encajadas en el mundo.

Puede ser.

Pero lo duda.

Si, sinceramente, por mi trabajo soy más proclive a creer en el complot universal que en el libre albedrío.

Ja ja ja, perdone que me ría, es usted un hombre singular, o todo o nada, todo un hombre de nuestro tiempo. No me lo tome a mal.

No lo hago.

Ha sido un placer, y de corazón espero que encuentre el motivo o lo que quiera que su amigo le ha empujado a buscar entre estos objetos. Disfrute.

Gracias.

El autor se dio la vuelta y se encaró con otros visitantes que le felicitaban de manera efusiva y por un instante Román sintió como si el artista fuese su propia obra y tuvo el arrebato de seguir hablando con el sobre el arte y sobre la vida; No podía ser. La clave de Alexei debía estar en otro lado, por muy enrevesado que fuese esto jodío ruso no podía haberle mandado a una persona a ponerle en el brete de averiguar como cambiar el futuro de su vida.

Allí estaba, frente al inmenso mapa, mirando sin ver, deseando encontrar sin saber donde mirar y poco a poco empezó a leer los nombres de las ciudades y pueblos que se representaban: Riazán, Tambov, Saratov, Orsk. Los recuerdos estaban dibujados en el mapa, cada una de las veces que pasó miedo, que se enamoró, que pensó que su vida estaba tirada a la papelera, tenía el nombre de una ciudad. Kostroma, donde estuvo dos días en casa de Oleg, Tula, Liski que le trajo a la boca el sabor del caviar, Banilov, Siktivkar.

Sitkivkar era la clave; mejor aun la presencia de Sitkivkar fuera de sitio, descolocada y con unos números garabateados debajo eran la clave.

153-06

Ahora todo se aclaraba. ¡Qué cabrón Alexei! lo había conseguido. Román miró el reloj, pasaban unos minutos de las diez; había que darse prisa y volar al aeropuerto. De pronto el mundo se le vino encima. ¿Qué haría con Miranda? Libertad o amor, esa era la elección en este momento y a Román solo se le ocurría que lo importante empezaba a ser él mismo.

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